domingo, 10 de enero de 2016

Excedentes

Dicen los marxistas que los dueños de los medios de producción se lucran con el excedente del valor del trabajo que no pagan a los trabajadores.
¿Y si el trabajo no vale lo que cuesta? No está contemplado.
Nada dicen sobre la opinión que la gente tiene de los artículos producidos. 
Parece que es indiferente producir iphones que medias de lana patchwork en Haiti. Se supone que, siempre, siempre, el dueño de los medios de producción obtiene rendimientos de la venta de lo producido y, por ello, podemos presumir que "a priori", un empresario roba al trabajador la parte del valor final del resultado de su trabajo.
La solución marxista a tanta tropelía intolerable es la socialización de los medios de producción. Con ello, el Estado (ahora se dice “lo público”) puede repartir equitativamente el excedente de producción entre la población acabando, definitivamente, con los parásitos interpuestos.
Pero claro, ya fue demostrada la imposibilidad de planificar la producción en una sociedad compuesta de, digamos, más de 25 ó 30 personas.
¿Qué producir? ¿Cuánto producir? ¿Por qué gastar el dinero en cabalgatas si en el Chaco hacen falta zapatillas? ¿Qué sanidad corresponde a la población? ¿Incluye los implantes? ¿Y el cambio de sexo? Aparecen conceptos claramente intervencionistas que se cuelan en nuestra vida cotidiana: cartera de servicios, salario social, redistribución, empoderamiento…..
Pero no es sólo un nuevo arsenal de conceptos marxista disfrazado con un revestimiento más actual y consumible para aquella gente a la que la palabra “revolución” le recuerda los campos de concentración, las fronteras cerradas, los vopos disparando a los desertores y el comisario de barrio vigilando la ortodoxia de los vecinos y distribuyendo a los “compañeros” en cada vez más pequeñas y míseras habitaciones, separados por raídas mantas colgadas de cuerdas.
Es que los que deberían defender la libertad de mercado, la iniciativa individual, los derechos inalienables de la persona (seguridad, libertades, propiedad) asumen en su discurso este neo-marxismo totalitario y tramposo.
Nadie está hablando de sostenibilidad en el auténtico sentido del concepto.
Si los servicios públicos no son sostenibles, el derecho a ellos es papel mojado.
Como aquella discusión absurda de la Vida de Brian que defendía el derecho de un tío a ser madre, independientemente de que ello no fuera posible.

Como dicen los periodistas: no dejes que la realidad te estropee una buena noticia

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