Yo no tengo perro. Una vez mi hija, que intenta a toda costa paliar el mal
y el dolor del mundo animal, trajo a casa una perrita de raza incierta pero buen
tamaño.
El método de mi hija es sencillo: la ducha escocesa. Trajo la perra tranquilizándonos
con el cuento de que nuestra casa era un hogar provisional, y con la secreta esperanza
de que, transcurriendo el tiempo, lo provisional deviniese definitivo.
El experimento duró poco. Al segundo día se cargó muebles de jardín por
valor de 1700 euros. La devolvimos a la perrera.
No mato perros, no les doy patadas, deploro que se les torture y abogo por
que los perros abandonados sean suprimidos de modo indoloro.
No creo que debamos aguantar perros en la calle. Me gustaría que los perros hagan sus deposiciones en el jardín de sus dueños. Ni siquiera me parece bien que los saquen
a cagar. Pobrecitos. Son animales. Pero yo pago muchos impuestos para tener las calles limpias de mierdas de perro. Por supuesto, hoy en día, esto es una pretensión imposible.
Los espacios públicos deben ser usados sin molestar a los demás
usuarios. Un perro
molesta. Babea. Caga. Mea en la calle. Es una molestia para los demás.
En un foro de comentarios de Libertad Digital, un forero se queja de todo
esto que hacen los perros en los sitios públicos y dice que está harto y que,
si dices algo sobre la caca de perro o lo que los dueños dejan hacer a los
perros en los parques, es seguro que tendrás un follón, de mayor entidad cuanto
más enclenque te vean. Yo personalmente no suelo acabar a hostias porque la
gente se lo piensa cuando me ve. Pero si los dueños de perro cagón cuyas cacas
no recogen son increpados por una señora de mediana edad de aspecto apocado
tendremos, casi seguro, un grosero despliegue de insultos y denuestos.
El forero dice, además, que, a su parecer, todos los dueños de perro son
tarados.
Es verdad que no comprendo esta afición contemporánea por los perros. Tenían
su utilidad para avisar de la presencia de zorros, ladrones y otras alimañas en
un perdido medio rural. También defendían a las ovejas de los lobos y nos
ayudaban a cazar. Ya no. Yo voy al Carrefour.
Parece que llevar un bicho atado con una cadena es el summum de la
sensibilidad y el buen gusto, y los que no lo hacemos somos depravados y
resentidos.
¿Es la soledad? No entiendo que un animal irracional que manifiesta un
cariño servil y abyecto pueda llenar el vacío personal que los afectos humanos
no han podido llenar. Lo comprendo y me apiado de quien así siente. No me es
ajena la soledad y el vacío de una vida que comenzamos entre gritos y llantos
y, si estamos conscientes, terminamos igual. Pero no me gusta que lo hagan
pasar por virtud y a los que no queremos perros porque no solucionan la herida
existencial fundamental y nos parecen prescindibles, nos tilden, de algún modo
de insensibles.
Yo no creo que los dueños de perro sean unos tarados.
Me he puesto a pensar en los amigos y conocidos con perro. ¿Por qué lo
tienen?
Una vecina tiene un perro. Ahora no le hace ni puto caso, pero, cuando sus
hijos eran pequeños, servía para dulcificar el carácter de los niños, según ella.
Yo creo, por lo que oía en su jardín, que los niños más bien usaban al perro
como juguete unas veces, y como blanco de sus pequeñas crueldades otras veces.
Otro vecino tiene un hermoso galgo afgano perfectamente atildado y de
elegante paso. También tiene un Jaguar. Son signos externos. Una muestra hacia
el exterior de lo bien que nos ha ido en la vida.
Otra amiga, hace años, tenía una preciosa perrita cocker en un piso de
Madrid. Volcaba la afectividad frustrada por un divorcio complicado en la
perrita. Le daba solomillo para comer y la perrita terminó artrítica a los 4
años y hubo que matarla porque se moría de dolores.
Para refutar las afirmaciones del forero un dueño de perro escribe que, una
vez, una señora le reprendió por algo que había hecho su perro (babear, cagar,
mear, morder, qué más da….) y le dijo que la estaba molestando. Iban en un tren
de cercanías.
El defensor del prestigio de los dueños de perro, dice que respondió a la
señora que a él tampoco le gustaban las cerdas y que se tenía que aguantar. Yo
creo que esto no pasó nunca y que está ocultando con una anécdota inexistente
lo que realmente piensa del forero.
Veamos la crónica del relato: el ofendido amante de los cánidos insulta a
una señora que paga, como mínimo, tantos impuestos como él, por decir en voz
alta que no le gusta que los perros vayan en los trenes. Porque huelen mal.
Porque babean. Porque se cagan y se mean. No se lo dice a él por lo que él es,
sino por ir acompañado de un semoviente molesto.
Como el virtuoso no puede criticar los hábitos de la señora, porque los
desconoce, ya que ella no se los impone (al contrario de lo que él hace con
ella) la llama cerda.
Dice que está harto de tanta cerda.
¿Mostraba signos externos evidentes de desaliño? ¿Apestaba? ¿Estaba sucia?
Hemos dicho que la anécdota sea, probablemente, falsa. Utilizó el término más despectivo que encontró, en su repertorio,
para calificar a quien constataba un hecho y que él consideró una afrenta.
El forero sólo describe cosas que suceden a su alrededor, pueden percibirse
y ser objeto de una calificación precisa: los perros cagan y los dueños no
recogen la mierda; los perros huelen a perro y en un sitio cerrado el olor se
hace molesto.
También es repugnante el olor a orina que deben aguantar los vecinos de los
lugares de botellón. Si eso se reprime sólo los progres se escandalizan. Es de
razón que los vecinos tienen derecho al descanso y a no ver sucias y hediondas
las calles por cuya limpieza tanto pagan. Pero esto tiene algo en común con lo
descrito con el forero.
A nadie se le ocurre increpar a 25 adolescentes borrachos que mean en los aligustres
y están hablando a voz en grito a las 2 de la mañana. A nadie que no vaya bien
armado.
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