lunes, 13 de abril de 2020

El Gobierno y el virus

El Gobierno restó importancia a los riesgos de contagio y la gravedad del virus a pesar de todas las advertencias de los organismos nacionales e internacionales. Sobre todo se minimizaron los riesgos de las concentraciones masivas: hembrismo, futbol y mítines.

No se permitió el cierre de fronteras, en especial para ciudadanos chinos o, poco después, italianos. Con el apoyo de sus mamporreros a sueldo se insultó a quien es proponían estas medidas, tachándoles de racistas y, por supuesto, fachas.

Se ridiculizó a quienes  pedían que se hiciese acopio de material sanitario especialmente para los grupos de riesgo (ancianos, profesionales de la sanidad, trabajadores de servicios esenciales) y elementos de identificación de contagiados (test rápidos, PCR o de carga viral) ante el previsible colapso del sistema.

Una vez la constatación de la gravedad del virus se hizo imposible de ignorar, el Gobierno centralizó las competencias (innecesariamente en caso de la Sanidad Exterior que ya correspondía al Gobierno, a pesar de que, ahora, niegue sus responsabilidades). Como consecuencia de esto, las ya escasas existencias de material sanitario se redujeron drásticamente. A pesar de todo, el Gobierno prometía continuamente dotar al sistema de los equipos necesarios. Siempre al día siguiente y ese día nunca llegaba. De hecho,  casi 3 meses después de conocer la gravedad de lo que se venía encima, España está sin mascarillas en las Farmacias, hay que comprar el gel y los guantes dependiendo de los chivatazos de amigos o familiares, no hay tests suficientes para satisfacer las necesidades de control de contagios…..ni las habrá en un futuro próximo.

No se ha protegido el tejido económico intentando que las empresas mantengan su posibilidad de existir tras la pandemia: como en otros paises habría que  haber suspendido el cobro de los impuestos, facilitar las medidas de suspensión temporal de empleo y, si fuera necesario, los despidos para reajustar costes, liberalizar la producción y eliminar burocracia, impedimentos y rigideces a la hora de financiar a los empresarios cuya actividad haya caído en picado.

Se ha hecho todo lo contrario.

Además se quieren imponer gastos imposibles de financiar, como la renta mínima, que, además serían contraproducentes para estimular la búsqueda de trabajo.

En la avidez de recaudación a corto plazo se ha olvidado la cuestión fundamental: los impuestos los paga el sector privado, empresas y empleado. Si no hay empresas no hay recaudación. Si no hay dinero sólo quedan 2 caminos:


  • Subir más los impuestos y terminar de asfixiar a las empresas y a la demanda lo que redunda en más quiebras, menos consumo y, consiguientemente, menos recaudación….y vuelta a empezar.
  • Pedir prestado, lo que será cada vez más difícil ante la progresiva debilidad de nuestra economía.

Todos estos errores, con la cifra de muertos y contagiados asociada y las progresivamente más negras perspectivas de nuestra economía ha sido afrontada por el Gobierno social-comunista del único modo que conoce: propaganda y mentira.

Se ha acusado a la oposición, a las Autonomías de gestión deficiente en extremos que no eran de en su competencia, a la prensa minoritaria que refutaba las calumnias e invenciones de la mayoritaria prensa apesebrada. Se ha ensalzado a auténticos inútiles de acrisolada incapacidad incomprensiblemente encajados en los niveles medios de la Administración. Se han sustituido las personas competentes por personas afectas pero ignorantes de las competencias de sus respectivos ámbitos. 

Auténticos ignorantes han asumido tareas que ni comprenden ni quieren conocer. Con la inseguridad de los necios, estos paracaidistas castigan cualquier propuesta alternativa como disidencia. Quien no obedece es relegado. 

Resultado: nada funciona.

El Estado de obras de Gonzalo de la Mora, que perseguía aislar a los funcionarios de las vicisitudes políticas y los cambios en el Poder, quería propiciar la competencia técnica al servicio de España.

Tenía, inevitablemente, grandes defectos derivados del sistema autoritario en el que estaba imbricado. Pero tenía muchos puntos positivos derivados de la concepción Napoleónica de la Administración: funcionamiento independiente del entorno.

Un cúmulo de profesionales fuertemente preparados seleccionados por sus conocimientos enfrentaba la administración de la compleja maquinaria del Estado al margen, dentro de lo posible, de los cambios en el Gobierno de España. De hecho, los altos cargos estaban a otras cosas y dejaban trabajar a los funcionarios. Mi experiencia es que, en el organismo en que prestaba servicios, el Presidente, el Secretario General y los Subdirectores Generales eran elementos decorativos cuya participación en la gestión diaria de los asuntos del organismo era, prácticamente, nula.

Todo eso ha desaparecido tras cuatro décadas de politización de la Administración, oposiciones fingidas, nombramientos de compromiso y alteración inopinada de objetivos según cambiaban los gobiernos.

Un ejemplo paradigmático de todo esto puede ser el Ministerio de Irene Montero: innecesario, ineficiente, inútil, superfluo, impreciso, confuso, contradictorio…y carísimo. De otros se podrían decir cosas similares pero este es una buena muestra del talante actual: el cambalache, la trapacería, la ficción como instrumento de justificación de lo innecesario…. es la perfecta representación bufa de lo innecesario como proclama de la solemnidad. Niños jugando a indios y vaqueros, o superhéroes contra súper-villanos. Juegos de necios y malvados.
Y así estamos. 

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